Escuchar artículo

​Se acercan las épocas electorales y, con la previsibilidad de un reloj roto, el escenario político vuelve a ofrecer el mismo espectáculo desgastado. De un lado y del otro, la estrategia se reduce a los habituales golpes bajos, a los "carpetazos" cruzados y a denuncias de corrupción —muchas veces difíciles de comprobar en la Justicia, pero sumamente funcionales al barro mediático—.

​Mientras tanto, en el medio de esa disputa perpetua queda la gente. Ciudadanos de a pie que no logran solucionar los problemas graves del día a día, obligados a ser espectadores involuntarios de discusiones estériles que no les acercan ni una sola solución concreta a sus necesidades más urgentes.

​El impacto en el pago chico: redes sociales versus HCD

​Este fenómeno, que opera con fuerza a nivel nacional y provincial, encuentra un terreno aún más preocupante cuando baja al pago chico. En los distritos locales, la polémica parece haberse mudado definitivamente de los ámbitos institucionales de debate —como debería ser el Concejo Deliberante— al terreno efímero, agresivo y superficial de las redes sociales.

​Lo más llamativo, y a la vez frustrante, es comprobar que los actores de este drama repetido son exactamente los mismos que protagonizan la escena política desde hace más de veinte años. Las recetas aplicadas son las mismas que ya demostraron no tener un buen final, arrastrando a la sociedad a un profundo estado de hastío y rechazo hacia la política tradicional, un caldo de cultivo ideal para terminar votando por bronca o, lisa y llanamente, optar por no concurrir a las urnas.

​Las preguntas sin respuestas que se hace el vecino

​Frente a este panorama, las preguntas que se multiplican en las esquinas, en los comercios de barrio y en las mesas familiares interpelan de manera directa a quienes pretenden conducir los destinos de la comunidad:

​¿Acaso todo lo que se hace está sistemáticamente mal?

​¿Cuál es la forma superadora que propone la oposición para hacer las cosas bien?

​¿Dónde están los proyectos concretos y detallados?

​¿De qué manera pretenden llevarlos a cabo y con qué recursos?

​Un objetivo equivocado

​Lamentablemente, la dirigencia política insiste en demostrar una preocupante incapacidad de autocrítica. No han aprendido nada del descontento social, y la razón es alarmante: aprender y cambiar no parece ser su objetivo principal.

​Mientras el foco siga puesto en la preservación de espacios de poder a cualquier costo y en la chicana electoral antes que en la gestión y el bienestar común, la brecha entre la política y la ciudadanía seguirá agrietándose. Y el costo, como siempre, lo paga una sociedad que solo pide lo obvio: que la dejen de ignorar para empezar, de una vez por todas, a resolver los problemas reales.

Autor: admin